Cuántas ilusiones rotas y tan solo una recompensada; ese es el balance mohíno con el que se resuelve la lacerante competencia entre un sinfín de aspirantes a cualquier galardón.
Sin duda, el premio de los premios literarios, o al menos el más acaudalado entre ellos, es el Planeta, que en esta edición celebraba bodas de platino. La tensa espera previa al conocimiento del escritor seleccionado para reinar durante un año en el cosmos de la editorial promotora permite, en todo caso, que los candidatos mantengan encendida una tenue luz de esperanza; más de uno lo hará con cierta desconfianza porfiando en la idea de que las leyes del mercado caminan algunos pasos por delante de la calidad literaria, al tiempo que la cruel realidad comercial dicta su ley inexorable. Pero, quienes piensan así, ¿por qué se presentan? Después, rumiar con grima el fallo del jurado tiene un recorrido muy corto, envuelto en tintes de envidia e interrogantes sin respuesta.
El Planeta de este año ha recaído en una figura de irrefutable prestigio y muy difícil crítica; de larga trayectoria literaria… ¡y vital!, aspecto muy reseñable cuanto tanto se cuestiona el edadismo. Por si aún fuera poco, en esta ocasión no se trata de un escritor, sino de una escritora; ciertamente, comprometida con la defensa de los derechos femeninos y sus aspiraciones de igualdad. Isabel Allende alcanzó la fama con su primera novela, La casa de los espíritus, escrita en plena madurez, cuando ya había dejado muy lejos su juventud. Después, de la mano de Carmen Balcells, legendaria agente literaria, emprendió una brillante carrera que alcanza ahora un punto de inflexión a sus 84 años. En fin, esta abuelita feliz ha culminado un viaje de ensueño que celebra también buena parte de esa mitad de la humanidad con la que comparte género. Por mujer y por vejez activa.
Publicado en El Periódico de Aragón, 20 octubre 2026