Abundan los lugares comunes que pretenden explicar el porqué de un envejecimiento feliz, en plenitud de facultades. A pesar de algunas sorprendentes excepciones, se describen como factores esenciales la vida activa y un ejercicio moderado, junto con los muy valiosos contactos sociales, además de una dieta saludable, símbolo del envejecimiento activo, habitualmente calificada de mediterránea. Algo muy nuestro, ¿verdad?; un concepto opuesto a la noción de comida excesivamente procesada, dopada con numerosos aditivos y alejada de lo que normalmente se entiende como «natural», los productos de la tierra tal cual se recogen de ella. ¿Quién se encarga de su siembra, cuidado, recolección y transporte a las pequeñas tiendas de proximidad? Es precisamente la gente del campo quien hace posible que estos alimentos básicos lleguen a la mesa, sin menoscabo de su valor nutritivo. Y, para ello, han de enfrentarse a duros obstáculos, incrementos de costes e, incluso, escasez de algunos recursos y competencia desleal. Pero a la escalada del precio de combustibles y desembolsos inasumibles, se añade algo más lamentable: la incomprensión de su importante labor y la carencia de empatía hacia sus inquietudes e intereses.
Agricultores y ganaderos han manifestado en múltiples ocasiones su descontento, aunque el eco de sus reivindicaciones se desvanece en un silencio vano. Siguen ahí, porque esa es la vocación que da sentido a su vida. Pero también envejecen, para constatar una realidad penosa: en el campo no existe reemplazo. Los jóvenes ya no quieren seguir la estela de sus mayores. ¿Cómo devolverles la ilusión?
Publicado en El Periódico de Aragón, 27 octubre 2026