Cuando acudimos al médico de familia, pilar fundamental del sistema de salud, sentimos una enorme gratitud por su generosa dedicación para remediar nuestras dolencias. El médico de familia constituye el primer y esencial eslabón de una cadena que nos orientaría, si fuera necesario, hacia las especialidades implicadas en la oportuna terapia. Pero la enfermedad puede llegar de improviso, siendo entonces importante una consulta inmediata, sin cita previa; de no ser esto posible, suele recurrirse a los sobrecargados servicios de urgencias, los cuales, por masificación, pierden eficacia.
Desde el punto de vista del paciente, es fundamental una atención próxima y de calidad, además de la potestad de dirigirse libremente al profesional o centro que considere idóneo, incluso fuera de su Comunidad, ya que el sólido prestigio de un determinado médico u hospital, es buena muestra de su buen hacer a través de muchos años de ejercicio; obviamente, tal libertad de elección resulta difícil de alcanzar. Sobre todo, si quienes han de ofrecerla no lo intentan.
En una atención adecuada intervienen desde el último subalterno hasta el facultativo de mayor renombre, incluyendo, por supuesto, al personal administrativo y de gestión. Ninguno puede fallar, pero siendo todos imprescindibles, cada uno tiene su propio papel, como afirmaba Calderón de la Barca en El teatro del mundo. Por ello, parece lógico refrendar la validez de un estatus diferente, que no superior, para los también diferentes miembros de la institución sanitaria, cuya formación, responsabilidad y obligaciones no son, en modo alguno, equiparables. Tal distinción nunca ha de suponer estratificación ni la menor merma de su dignidad personal; simplemente, se trata de reconocer, en bien del paciente, el papel diverso que cada uno de ellos juega en los servicios sanitarios.
Publicado en El Periódico de Aragón, 3 febrero 2026