El uso indiscriminado de dispositivos electrónicos ha demostrado tanto su utilidad para la comunicación como su capacidad para promover engendros gramaticales que, en última instancia, generan una paradójica incomunicación.
Las abreviaturas abusivas, incoherencias, deformaciones y otras barbaridades habituales en las pantallas de los móviles abren un inmenso abismo en el que naufraga la corrección gramatical, lo cual supone un grave peligro para la lengua. Es la cultura de la banalidad, que todo lo permite y tolera la aberración hasta transformarla en normativa, bajo la cual se desvanece la posibilidad real de entendimiento futuro.
La función esencial de la gramática consiste en facilitar el uso coherente y comprensible de una lengua, así como proporcionarle la estructura que haga esto posible. Desde los viejos registros presentes en la Biblioteca de Alejandría, hasta la gramática de Nebrija en 1492, primera en Occidente, se sucedieron muchos ensayos, algunos de los cuales se han perdido. Todos ellos intentaban proporcionar una respuesta adecuada a una necesidad patente: mejorar el entendimiento entre los seres humanos que compartían una misma lengua. Cuando españoles y portugueses iniciaron la evangelización de la población americana, emprendieron su labor aprendiendo las lenguas indígenas a las cuales intentaron proporcionar sus correspondientes gramáticas, todo ello con objeto de establecer un diálogo eficaz. Más tarde, incluso se ha proporcionado una gramática al euskera, algo que muchos eruditos tenían por inviable.
En tanto parece imposible una lengua universal, empeño en el que fracasó el esperanto, hoy, quienes compartimos el español con seiscientos millones de hablantes en el planeta, tenemos el deber de proteger nuestra lengua, una de las tres cardinales del mundo. Y para eso, la gramática es vital.
Publicado en El Periódico de Aragón, 22 septiembre 2026