Muchas personas trabajan arduamente a diario efectuando un esfuerzo singular sin esperar a cambio otra cosa que, tal vez, una pequeña gratitud. Tal es así el amor filial, amor espontáneo que nace de la naturaleza; pero también existe otro querer indudable, la vocación: impulso interno que incita a desarrollar con férrea voluntad una inmensa labor a lo largo de toda la existencia, con la mera satisfacción del trabajo bien hecho como recompensa. Si alguien puede representar el perfecto paradigma del cometido vocacional, ella es María Moliner, nuestra insigne filóloga y lexicógrafa, autora del famosísimo diccionario que lleva su nombre, acreditado universalmente y utilizado cotidianamente por autores de gran prestigio, como García Márquez. El Diccionario de uso del español es la obra magna de María Moliner, realizada durante más de quince años de paciente quehacer, en su hogar y en plena conciliación con las tareas domésticas. Sin embargo, la celebridad alcanzada por tan excelsa creación fue insuficiente para garantizarle un merecido sillón en la RAE, aun entonces inviable de ser ocupado por una mujer, así como apenas si se recuerda otra ingente función, su actividad como bibliotecaria y su participación en las Misiones Pedagógicas en colaboración con la Institución Libre de Enseñanza, siendo muy de destacar su empeño en promover la creación de bibliotecas rurales en pequeños núcleos de población, carentes de recursos culturales.
He escuchado con gozo el espacio que Martín Llade y Clara Corrales han dedicado a María Moliner en su programa Sinfonía de la mañana de Radio 5, con la participación de Andrés Neuman, autor de una narración protagonizada por María Moliner: optimista brisa de aire fresco que induce a creer en la vocación, como ente capaz de estimularnos aun sin conciencia de premio ni reconocimiento alguno.Publicado en El Periódico de Aragón, 3 marzo 2026
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