Una nueva religión, que, realmente, tiene poco de nueva, plantea una devoción desmesurada a nuestro aspecto, a la imagen, a eso que, en definitiva, muchos denominan
look. Los profetas del nuevo credo propagan desde su púlpito dorado en las redes sociales los dogmas inapelables que, sobre todo los jóvenes, han de asumir para ser aceptados dentro de la comunidad. Los
influencer son expertos pastores a la hora de crear vínculos emocionales con los que mantener bajo control a su grey y, de paso, obtener cuantiosos beneficios. Pregonan mediante elaborados mensajes cómo ha de ser el físico —atractivo para ellas, atlético para ellos—, cómo erigir una espectacular fachada u ocultarse tras un refinado disfraz, subyugando lo saludable a triviales factores estéticos, para lo cual, además, promocionan, diversas fórmulas incluso de carácter nutricional, que pueden resultar muy peligrosas. Pero lo más nocivo de esta tendencia no reside en formas y método, sino en el fondo: una concepción errónea de nuestros objetivos como personas, que no pueden limitarse a mera apariencia.
Quien ose rebelarse contra los dictámenes de tan populares mentores o no consiga satisfacer las expectativas generadas por el dogmático bombardeo de mensajes y sugerentes imágenes, caerá fácilmente en los abismos de una baja autoestima, en la ansiedad y en todo tipo de desordenes psicológicos propios de la época actual: nunca como ahora, caminar por la vida con una máscara ha salido tan caro.
Tampoco es fácil recabar ayuda efectiva para eludir la presión social, cuando en ella precisamente reside el origen de las malas prácticas. Los expertos aconsejan fomentar la autoaceptación corporal y valoración de la diversidad física en un entorno que permita discernir y cuestionar el tipo de contenidos consumidos, así como un uso saludable de las redes sociales.
Publicado en El Periódico de Aragón, 10 febrero 2026
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