El bendito cambio social que liberó a la mujer de las cadenas que la mantenían confinada entre las cuatro paredes de casa, dedicada con carácter exclusivo a las tareas hogareñas y, aún mucho más importante, a la crianza y educación de sus hijos, ha supuesto que la mitad de la población española haya tenido acceso a un desarrollo profesional acorde con su talento, el cual se ha mostrado tan eficiente y capacitado como el de sus colegas masculinos… los cuales, por su parte, todavía permanecen en buena medida reacios a compartir las obligaciones propias de la intendencia familiar. Eso, al menos, aseguran las estadísticas, muy a pesar de algunos felices ejemplos, que tan solo son eso: excepciones. Así, las féminas con vocación maternal se ven forzadas a cargar con la doble tarea de compaginar su trabajo y las funciones de gestión familiar, caso de no optar directamente por la renuncia a su trayectoria profesional. Durante al menos los dos primeros años de vida, un bebé necesita a sus padres: exige cariño y dedicación absoluta, algo que ninguna guardería puede proporcionar.
Se precisan muchas medidas económicas y de conciliación para revertir una natalidad exhausta, a la que, como mucho, las diferentes Administraciones y Comunidades vienen aplicado tenues parches, más bien de escasa relevancia, tanto por su cuantía y como por su efectividad. Todavía menos se favorecen las fórmulas de maternidad no biológica, con mención especial de la adopción, idónea para resolver simultáneamente las aspiraciones maternales y la necesidad de acogida de unos niños sin padres.
Publicado en El Periódico de Aragón, 6 enero 2026
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