Cuando sobreviene la enfermedad, recurrimos a los servicios sanitarios, pero para no perder la salud, importa lo que comemos, siendo precisamente agricultores y ganaderos los proveedores de nuestra mesa. Sin embargo, no parece que cuenten con el prestigio y reconocimiento debidos, pues cuanto les afecta tiende a tramarse a espaldas de sus intereses.
Antaño, la vida en el campo era especialmente dura, bregando de sol a sol para labrar un terruño ingrato; día y noche escrutando el color del cielo, fuera privado de nubes misericordiosas o pleno de sombrías amenazas… Hoy, las cosas han cambiado, pero parece que no lo suficiente, pues las nuevas generaciones se muestran escasamente dispuestas a tomar el relevo en la heredad que sus mayores tienen a bien legarles. Grandes obras hidráulicas junto a una eficiente mecanización hacen factible que quienes aún persisten laborando campos y gestionando explotaciones ganaderas, puedan continuar alimentándonos, muy a pesar de las trabas que aquí y allá encuentran para el ejercicio de su labor. Y, así, llega un día en el que, hartos de tanto despropósito y menosprecio, invaden la calle a lomos de sus tractores. Ahora, el detonante se ha activado por un cuestionado acuerdo con Mercosur, aún pendiente de ratificación en el Parlamento Europeo, mediante el cual tendría lugar una competencia carente de la necesaria equidad: países con una normativa muy laxa, ajena a las estrictas normas europeas orientadas a garantizar la calidad alimentaria, se beneficiarían de unas condiciones muy favorables para imponerse.
Llama la atención tan obvio contrasentido entre unas medidas típicamente proteccionistas de la salud y el libre paso a unos productos desprovistos de restricciones. Y también sorprende la firma de un acuerdo sin consulta previa a agricultores y ganaderos, ni respeto a su opinión.
Publicado en El Periódico de Aragón, 20 enero 2026
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