martes, 17 de febrero de 2026

Fotografiar la memoria

Vivimos inmersos en la cultura de la imagen, instantáneas que recogen y guardan para la posteridad momentos felices, eventos significativos; algunas veces marcados por la grandilocuencia y otros más íntimos, solo de andar por casa; recuerdos, en suma, de sucesos pasados e irrepetibles, que en algún momento tuvieron importancia para nosotros y quedaron plasmados en un registro, antaño de celuloide, hoy bits que viajan a la velocidad de la luz hasta la pantalla de los dispositivos electrónicos. Pasar las páginas de un álbum o revisar las imágenes sucesivamente acumuladas en el móvil implica la inmersión en un ayer venturoso cuya huella fue fielmente captada por una cámara.

Pero no todas imágenes evocan emociones placenteras ni responden al deseo de salvaguardar buenos recuerdos. Otras muchas responden al interés de valedores de los derechos humanos y profesionales del periodismo que intentan inhibir la amnesia social, ese naufragio en la indiferencia que borra rápidamente todo suceso capaz de suscitar una reacción contra la injusticia y la barbarie, respuesta cuando menos siempre incómoda. Estos fotógrafos se centran en lo marginal, en los desheredados del universo, en la tristeza y en la angustia; en todo lo que se tiende a esconder debajo de la alfombra. Pero para mover conciencias, para amar y revelar la humanidad de una sombra desvalida, es preciso verla, conocerla. Y eso es justamente lo que hace el fotoperiodismo: mostrarla. Sus casi anónimos protagonistas, siempre con el índice presto a oprimir el obturador, siempre escasamente reconocidos y aún menos retribuidos, nunca dudan a la hora de satisfacer los imperativos de su vocación y se centran en realizar bien su trabajo de denuncia: imágenes que pretenden impedir que se desvanezca esa realidad enojosa, perturbadora, frustrante… Son los fotógrafos de la memoria.

Publicado en El Periódico de Aragón, 17 febrero 2026

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