martes, 8 de septiembre de 2026

Algo huele a quemado

En este incendiario e incendiado verano, sí, algo huele a quemado; los bomberos —digo—, cuyas justas reivindicaciones semejan tan calcinadas como esas hectáreas cuyo fuego a duras penas intentan sofocar. Y, mientras, a estos benditos solo se les ocurrió plantear ha tiempo una huelga indefinida, cuyos servicios mínimos afectan a la totalidad de la plantilla. A eso se llama responsabilidad, pero, claro, así se explica que haya sido necesario un sonado incendio, el de las Peñas de Riglos, para que, ¡por fin!, hayan avanzado las negociaciones, un acuerdo de mínimos… que difícilmente podrá paliar las graves carencias de personal y recursos, arraigadas desde hace lustros, tanto más cuando los efectos del calentamiento global amenazan la progresión en una espiral logarítmica en cuanto a número y gravedad de los siniestros.

Afirman los especialistas, y por supuesto los bomberos forestales, que los incendios se apagan en invierno, con marcada referencia a las labores de mantenimiento del monte, bosque y, en especial, matorrales, que tanta contribución prestan para que cualquier fuego se descontrole. Y como falta ganado susceptible de realizar tal función de limpieza en tanto se alimenta, algo habrá que ingeniar para suplir a las bucólicas y eficientes ovejitas. Es el árbol objeto de máxima devoción del animismo, símbolo supremo de vida en la naturaleza, una vida que menospreciamos, ignorantes de que nuestra propia supervivencia como especie depende de mínimos detalles.

«Si las abejas desapareciesen de la faz de la tierra, la humanidad no perduraría más allá de cuatro años». Ni esta afirmación es cierta ni la cita es de Einstein, pero posee un intenso vigor metafórico. Sobre todo, cuando tantas abejas, símbolo de vinculación biológica, han perecido carbonizadas por los incendios forestales. Somos árboles, somos vida.

Publicado en El Periódico de Aragón, 8 septiembre 2026

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