martes, 26 de mayo de 2026

¿Cambiamos el mundo?

Cuántas utopías emergen en la juventud cuando nos creemos capaces de cambiar el mundo. Algún tiempo después percibimos lo difícil que resulta cambiar a los demás; también se nos revela la única aspiración viable: mejorarnos a nosotros mismos, a costa de enormes dosis de voluntad y tenacidad.

Los estudiosos del ser humano indican que los buenos sentimientos anidan en los lóbulos frontales, desde donde nos invitan a la empatía, la generosidad y la solidaridad, en tanto que vicios como el hedonismo y la agresividad residen en la amígdala, región cerebral del sistema límbico muy relacionada con el control emocional, que tiende a activarse en caso de amenaza real o imaginaria… como esos enemigos ficticios alentados por el poder, no para cambiar el mundo sino para dominarlo: si no estás conmigo, estás contra mí, se afirma desde un cosmos polarizado, tan de moda en la actualidad, al servicio de intereses opacos.

Aunque educación y respeto debieran ser la base de la convivencia, la interrelación social se regula mediante una serie de normas creadas para resolver conflictos potenciales, antes de que la ley de la fuerza se imponga al criterio de la razón. Pero cuando se quebrantan tales normas, parece ineludible la sanción, pues de otro modo, además de perpetrarse un atentado contra la disposición transgredida, también se pierde algo realmente grave, el respeto a la ley.

Así, existe una palpable contradicción en el anuncio de las nuevas ordenanzas municipales, algunas de muy difícil aplicación, como las relacionadas con indigentes, que ya padecen en demasía por el mero hecho de sobrevivir, en tanto que otras disposiciones, algunas ya vigentes, son sistemáticamente incumplidas, como puede comprobarse en los parques frecuentados por mascotas sueltas e incontroladas, pese a sucesivos anuncios de corregir tales prácticas.

Publicado en El Periódico de Aragón, 26 mayo 2026

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