Ahogados en las nimiedades cotidianas, tragedias semejantes nos llevan a una reflexión sobre lo que de verdad es importante en la vida. Catástrofes que revelan lo peor y lo mejor del ser humano. Pillaje, tal vez sustentado en aciagas biografías donde triunfa el desprecio al derecho del otro, u originado por tenebrosas precuelas, pues la maldad engendra vileza y el egoísmo siempre se niega a calzar zapato ajeno. Y, en el otro plato de la balanza, las maravillosas muestras de solidaridad y buenas intenciones, por desdicha poco y mal aplicadas por culpa de una calamitosa coordinación. Solidaridad que refuerza la fe en el futuro de la propia humanidad; fraternidad que una y otra vez comparece para prestar ayuda donde el apoyo oficial no llega o lo hace demasiado tarde; camaradería que nace de la empatía y que se identifica con el dolor del semejante… Solidaridad, también, que tiende a desvanecerse conforme la noticia pierde actualidad en los informativos, algo que sucede mucho más rápido de lo que se borra la ruina y los funestos efectos del siniestro, los cuales perdurarán durante años.
Publicado en El Periódico de Aragón, el miércoles 6 noviembre de 2024
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