Pero la implicación de los más jóvenes en las tareas de socorro y asistencia ha brillado con particular fulgor durante los días siguientes al fatal desastre. Su cooperación solidaria, llegada en ocasiones desde el último rincón de España, ha encendido una vigorosa llamarada de aliento, atizada por una juventud tantas veces desdeñada a decir de los mayores; acusada de egoísmo e indolencia, supuestamente negada al sacrificio, compromiso y esfuerzo… pero, en respuesta a una invocación espontánea de colaboración, el porcentaje del voluntariado cuya edad no superaba las dos décadas, niños incluso, ha sido más que notorio y ha poblado en gran medida esa imagen magnética de una marea humana desfilando por las pasarelas rumbo al lodazal, cubos y rastrillos enarbolados al hombro como armas de hermandad y compañerismo.
Les hemos contemplado ejerciendo su labor sobre un infesto barrizal. Incansables y con un guiño de empatía en el rostro. Su ejemplo trasciende y queda ahí, presto a renovarse cada vez que se precise una mano amiga, cuando de nuevo la cotidianidad se derrumbe obligándonos a tomar consciencia de nuestra vulnerabilidad.
Publicado en El Periódico de Aragón, el miércoles 13 noviembre de 2024
No hay comentarios:
Publicar un comentario