Dentro del nuevo modelo, por fin ya aprobado, me parece muy destacable la valoración de la capacidad expresiva, redacción precisa y corrección en la escritura; particularmente se hace mención a penalizaciones por faltas de ortografía, con mayor ponderación en los contenidos de lengua y literatura, pero sin perjuicio de su aplicación también en otras materias. Resulta evidente que un universitario no puede permitirse las carencias, yerros y muestras de ignorancia tan habituales hoy en la comunicación, sea oral o escrita, y no solo a través de medios telemáticos y dispositivos electrónicos: en muchas ocasiones, los mensajes trasmitidos son tan ambiguos e ininteligibles, que dan lugar a una inmensa variedad de disparates, equívocos y confusiones. En suma, situaciones tan indeseables como fáciles de evitar, pues bastaría un mínimo de rigor y conocimientos, sin que pueda servir de excusa la inmediatez o el carácter coloquial de la interlocución.
La competencia lingüística y expresiva, antaño muy valorada por los humanistas, se adquiere poco a poco con la práctica y se nutre de la lectura, pero en España se lee muy poco, cada vez menos, a pesar de las grandes facilidades que hoy en día existen: nunca hubo tan manifiesta oferta de recursos para el crecimiento intelectual; mas, al parecer, nunca tan desaprovechados.
Publicado en El Periódico de Aragón, miércoles 30 de octubre de 2024
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