La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay, Dios! —canta la letra de Pedro Navaja. Pero cuando el sobresalto llega envuelto en angustia e implica a un niño, la conmoción resulta particularmente cruel y dolorosa. Es justo la amarga prueba que experimentan los padres cuando descubren que su niño padece una dolencia como el autismo, así como dislexia u otros trastornos del aprendizaje, quizá con apariencia menos lesiva, pero cuyas secuelas ineludibles suponen también graves perjuicios para los pequeños, pues su retraso escolar provoca con facilidad el escarnio de compañeros e, incluso, situaciones de exclusión y acoso. La cadena de eventos negativos tiene su singular eslabón crítico: el diagnóstico tardío, casi siempre basado en la manifestación reiterada de dificultades en el estudio, pues solo en raras ocasiones media la labor preventiva, aunque ya desde los primeros meses es factible determinar la presencia de alteraciones neurológicas, cuando las potenciales terapias y otras actividades de apoyo serían mucho más fructíferas y fáciles de aplicar.
Medicina de familia y Pediatría constituyen las primeras líneas de defensa para detectar tempranamente tales trastornos, pero sus curtidos especialistas no gozan de los recursos necesarios ni del merecido prestigio como pilar esencial de la salud; de hecho, son el primer objeto de vacante en los turnos de elección tras el MIR, tanto peor si se trata de destinos en zonas rurales, siempre peor atendidas sino totalmente abandonadas.
Así las cosas, cuando la vida depara tan perturbadoras sorpresas y tiende sus zancadillas; cuando los padres —y sobre todo la madre— descubren que su hijo padece sordera, visión defectuosa o cualquier otra afección que pueda limitar su desarrollo, padecen en triste soledad una difícil dinámica donde toda ayuda se hace insuficiente.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 17 de
mayo de 2024.
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