Resulta obvio el papel disruptivo de la algarabía estridente propia de muchos rincones ciudadanos, en particular de las “zonas” donde los todavía muy lejanos pretendientes a la tercera edad disfrutan a su placer de todo lo contrario al silencio, al tiempo que se adoctrinan en algunos hábitos bien poco saludables. Para los sufridos vecinos, ávidos de un reposo satisfactorio, un mínimo sosiego es imprescindible, en especial cuando el insomnio acecha, algo común en quienes ya casi ni recuerdan cuándo fueron septuagenarios.
Caminar, de acuerdo con las recomendaciones médicas, más que un antojo es una auténtica necesidad vital cuya carencia conduce rápidamente a la paz… del cementerio. Digo yo, que igual que se han creado espacios para perros y mascotas en algunos parques, bien podrían también establecerse parcelas reservadas para los ancianos, a salvo de pelotazos, atropellos y agresiones varias; unicamente se precisaría un acceso así mismo pacificado a tales reservas para llegar sin excesivo quebranto. En compensación, se podría crear igualmente algún recinto deportivo público para que los chicos puedan ejercer de futbolistas de pro sin atentar contra la ancianidad.
En fin, no quiero pensar qué sería de los derechos de los abuelos si no fuera porque juntos suman muchos votos. Pero, de momento, en lugar de tanta área protegida, bastaría con un mínimo respeto. A los mayores, a los menores y, ya de paso, también a los de en medio.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 10 de mayo de 2024.
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