Se dice que la distancia es el olvido. Por fortuna, no es ese el caso del cariño sincero, que cada Navidad se revitaliza con el encuentro de quienes viven separados por la lejanía, que no por el desafecto. También, cada Noche Vieja, se impone la costumbre de volver la vista atrás para examinar cómo trascurrió el último año o, quizá, cómo hemos llegado a lo que hoy somos desde la ya lejana juventud, merced a un hilo mágico que nos permite conversar con el pasado.
Recuerdo, en particular, mis idílicos tiempos de estudiante en la Escuela de Turismo, con un profesorado que promovía un ambiente envidiable de comprensión y afabilidad, tan dispar y apartado del omnipresente autoritarismo entonces vigente, máxime en las primeras etapas de la enseñanza, del que me liberé durante el último curso de bachillerato gracias a mi breve paso por la Universidad Laboral, otro centro que también tendía con claridad hacia una concepción pedagógica, apartada del modelo de docencia imperante. En la Escuela de Turismo encontré el fervoroso calor de la amistad pero, sobre todo, aquel tránsito fue para mí una escuela de vida con la mente abierta a una comunicación más receptiva. Trabajábamos en grupo, sin complejos ni rivalidad, respirando democracia; sin innecesarias cuotas de género ni reivindicaciones inoportunas, a pesar de que el mercado laboral nunca participó de nuestras ingenuas expectativas femeninas, pues nos esperaban no solo techos de cristal o brechas salariales, sino auténticos muros contra los que estrellarse sin remedio.Aún falta mucho por hacer en cuanto a la equiparación de género, sí; pero es importante revisar el camino hecho, para constatar hasta que punto ha cambiado la sociedad desde antaño y pensar en el nuevo año con la ilusión por un mundo mejor que manteníamos en la juventud, algo que nunca deberíamos perder.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 30 de diciembre de 2022.
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