Muy pocos se atreven a negar abiertamente la importancia de la investigación, por más que, en la práctica, la temática científica suele caminar al margen del sentir social cotidiano. Eso es, precisamente, lo que pretende corregir una iniciativa, La Noche de los Investigadores, que por undécimo año se celebró el pasado viernes en 371 capitales europeas, entre ellas las ocho andaluzas, con el lema “Mujeres y hombres que hacen ciencia para ti”; un proyecto incurso en el programa Horizonte Europa, que promueve un conjunto de actividades lúdicas y divulgadoras con la finalidad de mostrar la vertiente más humana de la investigación.
Una noche mágica, cuyos frutos tal vez se desvanezcan con las doce campanadas, tal y como le sucedió a Cenicienta, solo que aquí y ahora, tal vez el cuento no tenga tan feliz final y, de nuevo, las desdeñables condiciones de trabajo, la carestía económica y las barreras burocráticas sean la madrastra que disipa el trabajo de los investigadores, labor que, en el mejor de los casos, suele precisar muchos años antes de que su utilidad se traslade desde el laboratorio a la calle; siempre demasiado tiempo y aún más cuando el futuro amanece cuajado de incertidumbre.Entre tanto, y a la espera de que se confirme la anunciada creación del Museo Ramón y Cajal, dedicado a valorar la importancia de la ciencia, cuando hablamos de salud, la investigación atañe a la dimensión más sensible de nuestra existencia, implicando también la opción a un envejecimiento en plenas facultades físicas y mentales. En este campo trabaja una multitud de científicos y organizaciones que no escatiman esfuerzo ni tiempo para mejorar nuestras expectativas vitales. Pero, de momento, esta aspiración tan universal parece muy lejos de hacerse realidad y permanecemos obligados a saber convivir con la enfermedad.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 7 de octubre de 2022.
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