No es en modo alguno reciente la reivindicación de los derechos de la mujer, siempre tras la anhelada equiparación. En las artes, en la literatura y en la ciencia viene de muy lejos la insistente demanda de equidad; una travesía del desierto en donde apenas si se han conocido excepcionales oasis, como el supuesto por madame Curie, quien, por fortuna, tuvo un compañero de viaje generoso, que jamás intentó atribuirse como propios los méritos de su mujer. Más allá de estas honrosas y rarísimas singularidades, lo usual ha sido que muchas firmas femeninas, caso habitual no solo en el orbe literario, hayan debido esconderse bajo un pseudónimo para dar a luz a sus obras, parto, por lo demás, invariablemente arduo y doloroso; en ocasiones y épocas, también sumamente peligroso, pues podía llegar a pagarse con la vida.
Cuando volvemos la vista atrás, no podemos sino felicitarnos por los logros alcanzados en pro de la ansiada igualdad, pero es obvio que aún falta un largo camino por recorrer. Por otra parte, ¡cuán lejos estamos aún del ideal en el que lo masculino y lo femenino sumen, en lugar de enfrentarse!, pues, si bien algunas mujeres ya han llegado a conquistar ocasionalmente elevadas cotas en el mundo empresarial, suelen exhibir entonces un comportamiento demasiado parecido a lo que criticamos como machista. En el terreno profesional se abren brechas insondables que, probablemente, las generaciones presentes no lleguen a conocer totalmente cerradas; quizá no resulte ajeno a ello el hecho de que tal anomalía, la desigualdad de género, tiende a perpetuarse con la preciada complicidad de muchas madres que la inculcan mediante una trasnochada educación, anclada en seculares factores de socialización, merced a la que se acepta como natural, si no de origen divino, la prevalencia masculina. Todo lo cual nos lleva siempre a considerar la formación como clave para llegar a una solución definitiva del problema.
Pero aunque las zancadillas no provengan exclusivamente del género masculino, lo que resulta indefectiblemente seguro es que en cuestiones de acoso, sea de índole sexual o de estricta cualidad laboral, la víctima tiene invariablemente nombre de mujer.
En el ámbito de la narrativa toda la problemática y condicionamientos del acoso han sido recogidos con un nivel de análisis y puntualización que acostumbra quedar excluido de los ensayos y tratados desarrollados por eruditos especialistas, pues el rigor científico impide profundizar en pormenores que la ficción e incluso el relato testimonial pueden abordar apenas sin otra restricción que la verosimilitud, y sin mayor prevención que la de eludir ciertos ingredientes como el morbo interesado, la exageración desmedida o la interlocución capciosa. Es, por lo demás, tan evidente como ineludible una perspectiva subjetiva, basada en el punto de vista exclusivo del autor, aun a pesar de que se respete escrupulosa y necesariamente la autenticidad de lo expuesto. Todo ello con tanto mayor motivo si no se trata de una obra testimonial, sino de una novela de ficción.
Un excelente y fiel reflejo del tratamiento del acoso en la novela española del siglo XXI ha sido formulado por Milica Lilic, a lo largo de su tesis doctoral, leída en septiembre de 2019 en la Universidad de Granada. En el corpus de la obra se recogen tres novelas de carácter testimonial y otras tres de ficción pura; en el primer grupo, fidedigna recreación de hechos veraces donde el autor no puede inventar nada, se incluye la obra de Juan José Millás “Hay algo que no es como me dicen” sobre el caso Nevenka, hoy de gran actualidad por haber sido recogido en un documental producido por Newtral y presentado por la plataforma de gran audiencia Netflix. Otro caso, también de gran repercusión y también de naturaleza sexual, fue el de la capitán Zaida Cantera, expuesto por Irene Lozano, coautora junto con la propia Zaida, de su manifiesto de denuncia social “No, mi general”. La terna se completa con la obra “Tiritando” de Chelo Martín Verdugo, donde relata su propia experiencia, un tema más propiamente de acoso laboral, en el que da testimonio de un viaje infernal al fondo de su corazón. Para esta autora es más importante ilustrar sus propios sentimientos y humillaciones como víctima que los datos identificativos del resto de personajes y lugares, apenas reflejados en la obra.
La fina línea que separa la narrativa testimonial de la ficción pura es muy sutil; casi podría afirmarse que se limita a la diferencia entre una historia verídica de otra que solo precisa ser creíble; como muy bien señala Lilic, el autor de la novela testimonial está implicado, tanto si da fe de sus propias vicisitudes, somo si es mero interlocutor de la protagonista, mientras que el autor de la novela de denuncia social más bien está comprometido y persigue aportar un reflejo fiel de la realidad.
Por lo que respecta a la narrativa de ficción pura, las tres novelas recogidas en la tesis de Milica Lilic son: “La mano del arquero”, de Enma Ballman, pseudónimo que corresponde a María Oruña y que describe una situación de acoso laboral en el entorno de un bufete internacional de abogados; “El anónimo” de María Ángeles Chavarría, cuyo marco profesional se desarrolla en la redacción de un periódico y cuya protagonista es una escritora, precisamente autora de un libro sobre el acoso; y “Danza de máscaras”, mi primera novela, cuya particularidad más destacable pasa por ilustrar la evolución de la personalidad de la víctima y el riesgo de que, a su vez, pueda derivar fatalmente en acosadora.
Existen entre las seis obras analizadas muchas coincidencias, tanto en lo que se refiere a los rasgos de las víctimas como a las peculiaridades, muy ligadas a la psicopatía, de los acosadores, así como respecto del trasfondo cimentado sobre perniciosos colaboradores y testigos mudos, cómplices necesarios para hacer factible la ejecución de esta terrible lacra. Resulta muy lamentable el apoyo inicial mediático e institucional que reciben algunos acosadores cuyo prestigio social es elevado, en tanto que las víctimas padecen grandes dificultades de credibilidad hasta que las pruebas son contundentes, lo que nunca es fácil ni frecuente. También resulta triste que las mujeres damnificadas y que se deciden a presentar una demanda judicial, algo absolutamente excepcional, cuando por fin consiguen una resolución favorable, apenas llegan a obtener una compensación ni siquiera mínima: siempre salen perdiendo, tanto en términos materiales como, sobre todo, en daño moral, en tanto que los efectos devastadores del acoso perduran toda la vida.
Tan lamentable historial junto con los datos estadísticos proclaman, en contra del criterio gramático, que la voz “acoso” no es un término masculino. Es femenino.
Publicado en República de las Letras, revista de la Asociación Colegial de Escritores de España, en octubre de 2021.
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