La covid-19 y, en especial, las medidas de confinamiento, se han cebado cruelmente con todo tipo de discapacidades, pero los trastornos mentales han sido particularmente exacerbados. Las restricciones de movilidad y el hacinamiento forzado, la ansiedad derivada de una amenaza incontrolable, la confusión generalizada y la desinformación, junto a otras muchas variables, han desencadenado múltiples afecciones y conflictos, desde los estados depresivos a conductas agresivas. Pero si, ya de por sí, la sanidad pública se ha mostrado un tanto deficitaria, en el caso de la salud mental podría hablarse de carencia absoluta, siendo la asistencia privada la única opción para quienes se la puedan permitir. Sin embargo, son precisamente los estratos sociales más vulnerables los que han sufrido con mayor virulencia las secuelas nocivas de esta situación y los que menos medios disponen para superar los estragos derivados de la pandemia.
Vivimos en una época tan fácil y plena de oportunidades para los pudientes como incómoda e inaccesible para quienes carecen de salud y recursos, dilema que no hemos sido capaces de solventar en las últimas décadas.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 15 de octubre de 2021.
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