¿Energía limpia?
Por mucho que aún persistan voces abanderadas del negacionismo, el calentamiento global es hoy un hecho irrefutable, así como también parecen obvias las trascendentales secuelas asociadas a un fenómeno al que la humanidad se enfrenta desarticulada y al que tampoco se muestra dispuesta a combatir con suficientes recursos. La presunta reducción en la emisión de gases contaminantes a la atmósfera o el ahorro energético son solo facetas a las que hay que añadir indefectiblemente una producción energética compatible con la salud y el desarrollo actual y futuro del planeta.
¿Hablamos de energía limpia? España, tras una utópica y entusiasta incursión en el sector de las renovables, con especial mención de la producción fotovoltaica y eólica, ha experimentado un serio declive del empuje inicial, fruto de la renacida apuesta por los combustibles fósiles para la generación energética. Si bien el balance en la implantación de las renovables pudo ser desfavorable antaño y a corto plazo (exclusivamente en términos económicos), los avances tecnológicos han invertido ya tal circunstancia; también se pueden objetar ciertos inconvenientes y perjuicios propios de cada opción, ciertamente quizá no tan limpias como suele aducirse, pero cuya problemática parece nimiedad en comparación con el deterioro medioambiental provocado por otras alternativas.
Para un desarrollo adecuado de las energías renovables es preciso un marco de seguridad jurídica y una apuesta decidida de la Administración; para una solución mundial a la emisión de gases de efecto invernadero, se hace necesario un compromiso efectivo también global. Pero mientras que ambas condiciones parecen lejos de cumplirse, los ciudadanos sí podemos hacer algo: somos responsables de nuestro propio ahorro energético.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 16 de diciembre de 2016.
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