sábado, 10 de diciembre de 2016

Los crocodilos.

Cuando lingüistas y psicólogos analizan los vínculos entre pensamiento y lenguaje, resulta aventurado concluir en qué medida uno determina al otro, ni cuál de ellos domina una relación que unánimemente se considera incuestionable; parece obvio, no obstante, que nuestra forma de hablar depende de cómo somos y pensamos, pero tampoco se puede ignorar que el estilo de la comunicación influye significativamente en nuestra propia forma de concebir el mundo que nos rodea.

La lengua está en permanente evolución, adaptándose a las necesidades de los hablantes y a su particular idiosincrasia, por lo que es habitual que desobedezca las normas lógicas para la elaboración del léxico, con particular desprecio de las pautas académicas. Así, de acuerdo con su etimología, no deberíamos decir cocodrilo, sino crocodilo, o muciélagos y cocretas en lugar de murciélagos y croquetas. De ello precisamente trata el libro coordinado por el académico Julio Borrego y editado por el Instituto Cervantes, donde se estudian numerosos vocablos en litigio e incluso se llega a establecer un pronóstico sobre su vigencia futura. Además de incidir en la prevalencia del uso coloquial, en la obra se indican también ciertas peculiaridades que apuntan a diferencias de género en el uso del vocabulario.

Por mi parte, no dejo de pensar en cómo Juan Ramón Jiménez porfiaba en preservar los hábitos fonéticos y escribir tal como se habla, en tanto que otros autores, como Juan Goytisolo, han defendido la experimentación creativa hasta el punto de prescindir del canon establecido. La RAE, siempre muy al tanto del habla popular, suele terminar por transigir y adaptar sus normas y recomendaciones en favor del mejor español posible; en definitiva, si la calle apuesta por cocodrilo... será cocodrilo.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 9 de diciembre de 2016.

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