sábado, 19 de noviembre de 2016

Justicia justa.

En palabras de Carlos Carnicer, “la Justicia es el corazón de nuestra convivencia”. Por ello es fundamental el respeto a jueces, fiscales y letrados de la Administración de Justicia como leales servidores en la defensa de los derechos humanos. Ciertamente, nadie está libre de error, pero la crítica fácil y radical de algunas sentencias y asuntos jurídicos es tan habitual como rudimentaria, sin reconocer el inmenso trabajo que la gran mayoría de estos profesionales realiza con plena dedicación y medios precarios. Se acusa a la Justicia de lentitud, sin tener en cuenta las prolongadas jornadas laborales a que voluntariamente se someten sus funcionarios, los mismos a quienes también se recrimina falta de independencia, pero... ¿cuándo como hoy, tantas personas poderosas e influyentes se han visto sometidas a un proceso judicial?

Las leyes no las hacen los jueces, pero sí las interpretan y han de ser su única guía. En pro del bien común, es necesario tanto que las primeras sean justas como que su aplicación se adapte de forma razonable a los requerimientos de cada situación, algo bien difícil cuando se escatima el número de juristas implicados y los condicionantes limitadores florecen sin proporción, pese a que la dilatación de los procesos e incumplimiento de plazos no son sino germen de arbitrariedad.

Por desgracia, los más vulnerables son quienes más pierden; quienes más precisan una reparación y peor pueden afrontar las deficiencias y errores derivados de una estructura parca en medios y poco operativa. Una Justicia justa, además de ecuanimidad y sensibilidad, requiere recursos tanto materiales como humanos. No basta con la voluntad y esfuerzo de unos profesionales que, después de ganar una dura oposición, intentan subsanar con su sacrificio personal las carencias del sistema.


Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes, 18 noviembre 2016.

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