sábado, 9 de enero de 2016

Barato, barato.

La estampa navideña concluye con grandes letreros que anuncian las esperadas rebajas; mientras todo parece impregnarse con el grato tufillo de las gangas, muy pocos se libran de caer en la tentación de alcanzar el tan ansiado chollo. Recientes medidas de protección del consumidor han conseguido que los productos en oferta se beneficien de auténticos descuentos: ha de reducirse el precio y no la calidad ni los derechos inherentes a la compra. Sin embargo, el concepto de rebaja implica depreciación, pérdida de valor. Es una connotación ineludiblemente unida a la de saldo.

Inmersos en una sociedad que pretende convertir todo en mercancía, nada se libra hoy de la devaluación; no, desde luego, la cultura, sea por la rebaja de retribución al autor o por, lo que es aún peor, por el menoscabo de la calidad: todo vale, todo se justifica por conquistar a un público cada vez menos exigente. Dentro de un círculo vicioso, los contenidos basura vician a una audiencia paulatinamente empobrecida que demanda más bazofia. Y que cada día resulta más fácil de manipular: tal vez ahí resida el secreto que explica la falta de respuesta por parte de los poderes públicos.

Mientras librería tras librería bajan la persiana por última vez, asistimos a una pesarosa banalización del pensamiento y el uso del talento se orienta casi exclusivamente al desarrollo tecnológico, relegando el valor de las humanidades al de futilidad. ¿Acaso no se está realmente depreciando la inteligencia humana? Quizá no sea tan extraño que en el reino de Internet, cuando tan fácil parece obtener información masiva y tan necesario cuestionarla para separar el grano de la paja, florezcan con tanto éxito falacia y charlatanería. Triunfa la simpleza rústica. Barato, barato.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 8 de enero de 2015

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