viernes, 1 de enero de 2016

Juguetes

Calles iluminadas, escaparates deslumbrantes, fiesta en la calle; a pesar de la crisis, una multitud ansiosa recorre las tiendas tras el juguete que hará felices a los peques. Como de costumbre, triunfarán los videojuegos y los complicados artilugios cargados de electrónica, con apenas espacio para que se desarrolle la creatividad y fantasía del niño. Sin embargo, sus abuelos se las arreglaban divinamente con una cuerda deslavazada, una tiza o unas tabas. Y, en ocasiones, ni siquiera eso. Más o menos, tal y como les sucede hoy a millones de niños en el tercer mundo: por fortuna, el vil metal no parece necesario para llenar de alegría la carita de un niño. Al menos, si tiene el estómago lleno y hay otros niños con quienes compartir todo aquello que les aleja de la soledad, esa terrible tortura que amenaza a la sobreprotegida infancia de las sociedades desarrolladas.

En Mequinenza se han querido recuperar las viejas tradiciones y los juegos que entretenían a los abuelos; también en Campo existe un museo dedicado a las añejas prácticas de ocio en el mundo rural. Iniciativas que nos remiten a una época en la que el aire era más limpio y el paisaje bucólico. Tal vez tendamos a idealizar excesivamente el pasado, pero, sin duda, se hace necesario recuperar una relación de mayor armonía con el medio que nos rodea. A ello y a fomentar los vínculos entre la gente menuda se dedican en estas fechas algunos talleres que aprovechan las vacaciones escolares de fin de año.

Donde reina la violencia, la enfermedad y la miseria, se echa en falta algo más que juguetes: alimentos, justicia, educación. Pero también, risas y juegos; esperanza e ilusión. Olvidamos enseguida que el mejor regalo, en Navidad o en cualquier otro día del año, es un mundo mejor donde amor y paz no sean una utopía.

Publicado en El Periódico de Aragón, el jueves 31 de diciembre de 2015

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