sábado, 23 de enero de 2016

Grandes mujeres

Los seres humanos no somos iguales porque ni nacemos iguales, ni nos arropan con idénticos privilegios; algunos son educados con indulgente permisibilidad, por lo que arrullados en una nube rosada es fácil que nunca lleguen a desarrollar una auténtica capacidad para enfrentarse a la vida real: nada saben de esfuerzo, ni de que el trabajo haya de ser su fiel compañero. Para otras personas, en cambio, la existencia es una carrera de obstáculos que han de superar con fe, paciencia y entusiasmo. Habrán de forjarse golpe a golpe, modelados en la tenacidad, y su actitud será un ejemplo para quienes les rodean.

Nacer mujer es ya la primera gran barrera al que la mitad de la población mundial ha de enfrentarse, sobre todo si se viene al mundo en el seno de alguna cultura anclada en el pasado. Padecer alguna limitación, más allá de las que la sociedad considera “normales”, implica la calificación de discapacidad, ignominioso estigma en la medida en que se ve unido a la noción peyorativa de inferioridad. Un nuevo muro que algunas mujeres han de derribar para proseguir por el camino al que se sienten llamadas. Ellas no se consideran heroínas, aunque quizá lo sean, al menos en el pódium del coraje. Como María Pilar Martínez Barca, escritora y poetisa de extraordinaria sensibilidad. O como Teresa Perales, tantísimas veces reina en el medallero de los Juegos Paralímpicos y embajadora del deporte inclusivo, que, consultada por sus deseos para el nuevo año, contestó con amplia sonrisa: “Virgencita, que me quede como estoy”

Se trata solo de dos ejemplos cercanos, de aquí y ahora, sobre lo que voluntad y constancia pueden conseguir. En un mundo convulso, egoísta e insolidario, la superación es una luz de esperanza.

¿Discapacidad? No; diversidad funcional.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 15 de enero de 2016

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