La Universidad ha abierto sus puertas a un nuevo curso sobre cuyos alumnos pesa un porvenir incierto amenazado por el paro o, como mal menor, un subempleo casi siempre ajeno a la cualificación académica tan esforzadamente alcanzada. Quienes cursan una carrera de Ciencias disfrutan de un panorama algo más favorable, pues el desarrollo tecnológico propicia la creación de nuevos puestos de trabajo, así como la exigencia de superior formación; optar por Humanidades supone mayor riesgo, pues el mercado laboral tiende a infravalorar un conocimiento excesivamente teórico que apenas reconoce y aún menos remunera.
¿Pero en función de qué elige cada alumno sus estudios? La tradición familiar y la orientación, sea paterna o proveniente de otras fuentes, juegan, sin duda, un importante papel, como también lo hacen la información y la accesibilidad de las diferentes alternativas. Y, cómo no, las expectativas profesionales unidas a la percepción de una cómoda retribución, por más que la incertidumbre permanezca siempre latente.
Parece que la noción de éxito y prestigio cuenta más que la vocación, muchas veces relegada a un valor secundario; sin embargo, es este el único factor firme en un escenario inestable, caracterizado por la inseguridad y la rápida caída de salidas profesionales antaño dotadas de una aureola inmutable. No obstante, quienes apuestan por su vocación pueden acrecentar su perspectiva profesional cultivando otras áreas muy demandadas por las empresas, además de competencia práctica: capacidad de comunicación y de trabajo en equipo, motivación, compromiso, responsabilidad, entrega...
A pesar de todo, una licenciatura implica todavía mayor probabilidad de eludir el subempleo de baja cualificación y paro.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 2 de octubre de 2015
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