sábado, 20 de junio de 2015

Feliz envejecimiento

El envejecimiento de la población, consecuencia de una natalidad en precario y del incremento en las expectativas de vida, es un hecho patente, como también es obvio que la ancianidad precisa una atención particular, que antaño se resolvía dentro del ámbito familiar con eminente protagonismo femenino. Cuando, por fin, la mujer ha conseguido incorporarse de forma masiva a la vida profesional, nadie ha ocupado su espacio como puntal del hogar y los mayores tienden a quedar arrinconados como muebles desvencijados.

Pocos aceptan acabar sus días acogidos en una residencia, destino que el anciano asume con resignación cuando piensa que se ha convertido en un estorbo y no desea interferir en la vida de aquellos a quienes más quiere. Nada tiene, entonces, de sorprendente que con el internamiento aflore la depresión y el anciano languidezca tras perder, junto a su autoestima, las ganas de vivir.

Algunos profesionales de la asistencia han aportado la solución a este dilema, planificando un sistema de técnicas cognitivas, estrategias de animación y otras medidas de apoyo orientadas a mantener un bienestar mínimo tanto afectivo como higiénico, soslayando la atrofia degenerativa que acompaña a la vejez cuando la persona abandona sus proyectos vitales. Estas actividades, concebidas y adaptadas desde el principio de forma individualizada, se desarrollan a domicilio, permitiendo así que los ancianos puedan subsistir el mayor tiempo posible entre las cuatro paredes de su hogar. Sin duda, un panorama optimista… para quien pueda costeárselo. El resto de los mortales, en especial si se trata de mujeres (como las antiguas cuidadoras) que solo han podido acceder a una pensión de viudedad, tiene un porvenir mucho más sombrío.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 19 de junio de 2015

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