El ruido, por encima de los niveles fijados por la OMS, afecta a nuestro cerebro a pesar de que la agresión pasa casi desapercibida: por desgracia, estamos demasiado acostumbrados a soportar estas molestias, tan habituales que las consideramos algo natural, incorporado a nuestra existencia.
Es obvio que sirenas, chirridos y otras estridencias cotidianas que señorean las calles son ruido, pero no resulta tan evidente la presencia de otro tipo de contaminación acústica que, además, implica una indeseable irrupción en la privacidad ajena. Se trata de las omnipresentes conversaciones mediante móvil en los espacios públicos: ¿por qué nos han de imponer, querámoslo o no, los entresijos de otras vidas? Este imprescindible artilugio no se limita a sonar de forma estruendosa en cualquier concierto, conferencia, espectáculo u otros actos y foros donde siempre debería ser desconectado previamente, pues cada vez se hace más frecuente la mala educación de quienes en tal caso no lo apagan de inmediato e incluso se obstinan por entablar una conversación (aunque sea en voz baja). Es muy de agradecer la iniciativa aplicada por Adif en los vagones del AVE, reservando algunas plazas acondicionadas para ofrecer un viaje silencioso, sin gritos ni conversaciones en alta voz. Allí se puede trabajar, leer o, simplemente, reposar plácidamente. Es en estas ocasiones cuando se aprecia debidamente el valor del silencio, enmudeciendo esa baraúnda de fondo que nos acompaña día y, muchas veces, también noche.
Esperemos que la brillante disposición de Adif sea profusamente imitada, sobre todo por lo que de ejemplo tiene para generar buenos hábitos en un país que siempre se ha distinguido por su inclinación al grito.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 8 de mayo de 2015
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