sábado, 17 de enero de 2015

Los costes sanitarios

La investigación científica camina con paso firme hacia la conquista de nuevos logros para la salud, pero su ritmo es pausado y a merced de los intereses de potentes industrias multinacionales, que la parquedad de las ayudas oficiales no puede sustituir aun cuando exista voluntad para ello, como es el caso de la Universidad de Zaragoza.

Mas todavía es peor la triste realidad de algunos medicamentos, cuyo elevado precio tiende a alejarlos de los enfermos que los precisan y que han llegado a manifestarse públicamente reivindicando su derecho a la salud. Nadie se extraña de que la sanidad privada eleve sus precios en consonancia con el coste de los tratamientos, pero tendemos a obviar con facilidad que la sanidad pública es financiada directamente por todos los contribuyentes y que, en suma, la mayor parte de la población depende exclusivamente de ella al no poder asumir las primas de un seguro privado. Por fortuna, el sistema público español de salud sigue siendo un ejemplo en cuanto a la calidad de la asistencia prestada, pero para que permanezca en estas coordenadas es precisa la colaboración de todos: tanto para conjugar las demandas excesivas o irrazonables como para exigir la mejor aplicación de cada euro invertido, evitando cualquier tipo de dilapidación de recursos, con especial mención de aquellos ligados a la incompetencia y a la corrupción.

Si un médico recibe cualquier tipo de presión para no administrar tratamientos de elevado coste, el problema no se restringe a los pacientes afectados, sino a todos. Y si alguien cerca de nosotros osa esquivar sus obligaciones con la Agencia Tributaria, no se trata de un pícaro gracioso, sino de un defraudador que también está esquilmando nuestra salud.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 16 de enero de 2015

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