sábado, 10 de enero de 2015

Eterna frustración

La bohemia imagen del genio desventurado alcanzó su cénit con el Romanticismo y las vanguardias artísticas a comienzos del siglo pasado, pero se remonta a épocas mucho más tempranas. Un buen ejemplo lo constituiría la azarosa existencia de Cervantes, de quien este año conmemoramos el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote, novela universal que apenas reportó gloria en vida a su, hoy, celebérrimo autor. Recientemente, el investigador José Cabello Nuñez ha localizado dos nuevos documentos inéditos que, tras el cautiverio de Argel, iluminan la etapa de Cervantes como proveedor de abastecimientos para la Armada; más tarde ejercería como recaudador de impuestos, ocupación que le valió innumerables disputas y que terminó con el primero de sus dos encarcelamientos documentados, en el cual se concibió y tal vez se escribieron las páginas iniciales de Don Quijote; también conocemos el relativo éxito que mereció la publicación de esta obra que, sin embargo, no consiguió sacar a su autor de la miseria.

Otro insigne maestro, de quien en 2015 celebraremos el 125º aniversario de su muerte, es Vincent Van Gogh, prototipo por excelencia del artista maldito, cuya desaparición, todavía hoy envuelta en misterio, no fue sino el punto final de una vida plagada de tristes acontecimientos.

¿Acaso han cambiado mucho las cosas desde entonces? Castigados por el plagio y la piratería, los autores de obras literarias y artísticas, eternamente a merced de valoraciones e intereses exclusivamente comerciales, no solo tienen casi imposible vivir de su actividad profesional, sino que igualmente andan parcos en reconocimientos oficiales e institucionales: para ello, parece imprescindible morir previamente.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 9 de enero de 2015

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