Tienen una brillante licenciatura, algún que otro máster y, por supuesto, dominan un par de idiomas. Pero no puede acceder a un puesto de trabajo, ni siquiera de escasa cualificación. ¿Qué tiene de extraño que muchos de ellos sufran una depresión?
El excelente currículum académico de muchos jóvenes contrasta con su deficiente preparación para afrontar la realidad cotidiana y resistir a la inevitable frustración que deviene del choque vital. Han crecido amparados por el calor hogareño en un ambiente de sobreprotección, donde lo importante no fue enseñarles a volar sino esquivar incluso la más mínima contrariedad: papá y mamá solucionaban todos los problemas. Pero ahí fuera les esperaba la implacable pugna en un entorno extremadamente competitivo, ingrato cuando no hostil, cruel e injusto, donde no parece importar la formación intelectual sino la capacidad para aplastar al opositor rápida y eficazmente. La mano de los progenitores ya no llega tan lejos y, ahora que son necesarios, ¿dónde están esos miles de amigos virtuales que pululan por las redes sociales? A lo peor resulta que la realidad virtual es solo eso, virtual; pero los golpes que los jóvenes reciben sí son auténticos, como también lo es el problema existencial que han de resolver y para el que no están suficientemente preparados.
Más allá de una situación indeseable, de difícil salida, creo que, como sociedad, estamos perdiendo el norte: ni creemos en nosotros mismos, ni hemos forjado una escala de valores y creencias sobre los que establecer prioridades. Por eso no hemos formado a nuestros jóvenes en la dirección adecuada ni les hemos dotado de las armas convenientes. Por eso los jóvenes no están tan bien preparados como aparentan.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 23 de enero de 2015
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