La candidatura de Zaragoza como Capital Verde Europea debiera suponer algo más que el reconocimiento oficial hacia un proyecto en el que los hechos no siempre caminan a idéntico ritmo que las intenciones. Reducir la contaminación, mejorar la eficiencia energética o teñir de verde los espacios urbanos constituyen tan solo algunos de los objetivos imprescindibles para humanizar la ciudad.
¿Deseamos una urbe amable con sitio para todos? Tal anhelo va más allá de una perspectiva restrictiva donde predominen los aspectos puramente formales. El ser humano es el eje de la ecología, para bien y para mal: arquitecto de altas miras con visión de futuro, pero también bárbaro devastador que hace inhabitable todo lo que le rodea. Desde mi ventana veo perros sueltos, quizá peligrosos; césped agostado y lleno de excrementos; suciedad cercando papeleras vacías; ciclistas que asedian a los peatones y que, a su vez, son acorralados por los vehículos; desmandados aprendices de futbolistas que hacen de sus pelotas azarosos proyectiles. Pero lo que apenas veo son carritos de bebé y ancianos paseando, quizá porque no se atreven.
Nuestra real asignatura pendiente, aunque no la contemple el PISA, es el civismo: el respeto a las normas de convivencia que hacen posible un uso racional y sostenible de lo que es común. Temo que la más benevolente evaluación de nuestro compromiso en pro de una Zaragoza mejor adaptada a los intereses ciudadanos queda aún muy alejada de la realidad perceptible a pie de calle. Así que, si el mero hecho de optar a la capitalidad verde europea implica una mayor consciencia de lo que significa una ciudad en armónico desarrollo con los intereses humanos, ¡bienvenida sea!
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 8 de noviembre de 2013
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