sábado, 16 de noviembre de 2013

Infancia vulnerable.

Cuando la naturaleza se manifiesta con toda su virulencia, tal y como ha sucedido en Filipinas, suele dejar una estela de muerte y desolación que solo el tiempo y la solidaridad pueden borrar paulatinamente. A nadie se le escapa que son los niños, siempre muy vulnerables y tanto peor cuanto más desamparados, las principales víctimas de un escenario donde, junto a la entrega generosa y altruista, afloran también con facilidad los más bajos instintos del ser humano. Todas las organizaciones de ayuda y defensa de la infancia vienen denunciando la explotación infantil que, con los más ruines objetivos, se aprovecha de la desprotección que supone para los niños la ausencia paterna derivada de las grandes catástrofes.

Pero el eco de tan atroces desastres no debiera hacernos ignorar los ataques cotidianos, menos evidentes pero también muy crueles y peligrosos, que experimentan los niños que nos rodean. Aquí y ahora, el acoso infantil se viste con sugestivos disfraces y se vale de sofisticadas artes para burlar cualquier resistencia, siempre débil cuando falla la vigilancia de los adultos. La nociva verborrea transmitida a través de las redes sociales es una vía fértil para penetrar en la intimidad del niño y proporcionarle bofetada tras bofetada hasta destruir su autoestima y dejarlo inerme ante las maquinaciones de su agresor. Sin embargo, sería necio cargar sobre las nuevas tecnologías el peso de unos ultrajes para los que solo constituyen un medio perversamente utilizado. La clave no reside en el arma, sino en la mano que la maneja. Y, al otro lado, la brecha más frágil de la defensa radica en la deserción de las funciones de vigilancia que padres y educadores deben brindar.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 15 de noviembre de 2013.

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