En el I Congreso Internacional de Economía Consciente, se han subrayado los factores de mayor relieve que distinguen esta alternativa de pensamiento económico y que se opone frontalmente a las directrices respaldadas por la Escuela de Chicago u otros sistemas basados en la desigualdad y la “deshumanización”.
La Economía Consciente ansía relevar a un modelo obsoleto, radicalmente capitalista, donde es más importante Tener que Ser. La persona deja de ser un mero factor de producción, computable en fríos dígitos, para convertirse en el centro, el eje primordial e irreductible del sistema económico. Y el trabajador, inmerso en un ambiente grato y solidario, aporta su esfuerzo sin coacción ni controles: simplemente, no los necesita, porque de forma voluntaria pone todos sus conocimientos y esfuerzo en pro de la empresa común, la cual ya no le resulta ajena.
No se trata de una utopía: la psicología ya anticipó hace muchos años que las empresas cuyos trabajadores se encuentran a gusto obtienen mayores rendimientos y mejoran su productividad, en tanto que la miopía de ciertos agentes de corto alcance conduce irremediablemente al conflicto y al desastre. Pero la mala praxis se impone con sorprendente facilidad en nuestros días: incompatibilidad profesional y familiar, miedo y desconfianza como telón exclusivo de fondo, absurdo desperdicio del talento, competencia desmedida que desprecia el interés común en favor de prebendas particulares. Una lista interminable en un escenario donde el estado del bienestar amenaza diluirse como pompas de jabón, salvo que nuevas concepciones económicas y empresariales puedan obrar la transformación. Junto a las crisis más sombrías, siempre emergen nuevas oportunidades.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 22 de noviembre de 2013
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