sábado, 30 de noviembre de 2013

Memorias

Ciertamente, como confesaba José Luis Sanpedro, derramamos en todo aquello sobre lo que escribimos nuestra propia personalidad, sea un relato de ficción o cualquier otro texto. Pero, de un tiempo a esta parte, el género autobiográfico está de moda: famosos, políticos y destacados personajes de la vida pública porfían por transmitirnos sus vivencias, sin duda apasionantes, en un intento de explicarnos las claves de sus azarosas existencias.

El impulso para escribir unas Memorias nace de diversas motivaciones, algunas prosaicas, como el simple y obvio ánimo de lucro o la indulgente fórmula para prolongar efímeras glorias pasadas; tampoco suelen estar ausentes las malévolas embestidas contra sempiternos antagonistas o el reconocimiento y agasajo de adhesiones fieles. Sin embargo, de la lectura de ciertas crónicas personales, casi siempre teñidas de soberbia, se desprenden otras razones más recónditas, dada la abrumadora presencia de especulaciones, excusas y alegatos que pretenden justificar acciones e intrigas protagonizadas por el autor. No subyace en esto mucho contraste con las reflexiones de cualquier ciudadano común; la diferencia estriba en que las disposiciones de estas conspicuas celebridades afectaron, directa o indirectamente, a una buena parte sino a todos sus lectores actuales, que hoy reciben tales pretextos con la sabia resignación de quien nada puede hacer ya.

Quien escribe sus memorias suele pedir al lector que calce sus zapatos y se ponga en su lugar, antes de solicitar su benevolencia y comprensión. Mas, entonces, cabe preguntar: ¿por qué tan egregios autores no realizaron sus oportunas meditaciones antes de obrar y no después, cuando sus equivocaciones son ya difíciles de subsanar?

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 29 de noviembre de 2013

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