Estamos muy habituados a escuchar palabras de gratitud e insulsos baños de agasajo dispensados durante la entrega de cualquier galardón. Antonio Muñoz Molina ha querido romper esa tónica para legarnos una visión realista, ajena a maquillajes y demagogia, durante su intervención en nombre de los premiados con el Príncipe de Asturias, donde ha lanzado sus dardos certeros contra una sociedad madrastra que derrocha ingratitud hacia sus mejores hijos; una frustración plenamente compartida por quienes se mantienen alejados de la esferas de poder y que, además, aspiran a abanderar el trabajo serio y bien hecho, aun a costa de contemplar con resignada amargura cómo reconocimientos y beneficios pasan de largo en favor de zalameros farsantes que nada saben de esfuerzo y discreta laboriosidad. Muñoz Molina, autor de uno de los libros que más me ha impactado, “Plenilunio”, ha puesto el dedo en la llaga al manifestar su desaliento ante “un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras que sus víctimas no reciben justicia” Se trata del eterno vía crucis de los justos que miran al otro como un compañero de viaje y no como a un bichito al que pueden aplastar con el insaciable zapato de su avaricia desmedida.
Por fortuna, ante esta reflexión tan acertada como descarnada y sombría, la ONCE recibió en esa misma sesión el Príncipe de Asturias de la Concordia, en atención a su extraordinaria labor durante más de tres cuartos de siglo. Es esta una contrapartida evidente donde el coraje solidario se pone al servicio de los desfavorecidos. Tan solo una tenue luz de esperanza frente a infinitas tinieblas, sí; pero también un faro que ilumina el camino de los hombres honestos.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 1 de noviembre de 2013
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