La Universidad Pública de Navarra exige a sus alumnos, entre los trámites de la matrícula, la firma de una “Declaración de integridad académica” mediante la cual el estudiante se compromete a no recurrir a medios fraudulentos para la superación de sus estudios. El documento implica la renuncia a cualquier medio de plagio y copia, así como a toda maniobra opuesta a una ética elemental, tanto en los exámenes como en todo tipo de trabajos y actividades. Obviamente, la rúbrica de tal documento no entraña su cumplimiento, pero es un principio indispensable, un contrato que se asume libremente y que, al menos, aspira a distanciar al alumno de una conducta viciada, cuya disculpa nace de su aceptación generalizada.
Estamos demasiado acostumbrados al camino fácil, a la carencia de escrúpulos y a la tolerancia social, cuando no aplauso, de la trampa, del fraude y del ardid fullero, pícaras argucias que solo condenamos cuando fracasan. A cambio, tendemos a ignorar el trabajo callado y austero, el esfuerzo de cada día, la transparencia, el respeto a las normas; las conductas honradas y responsables, que, a lo sumo, apenas inducen poco más que una tibia sonrisa conmiserativa. ¿Tendremos realmente derecho a lamentarnos de que la corrupción y las malas artes triunfen, si nada hacemos por evitarlo?
Cuando el vicio se arraiga en edades tempranas, tanto más difícil será después extirparlo y enderezar un tronco que prosperó torcido. Resulta, pues, primordial romper el primer eslabón de esa vil cadena que lleva desde el plagio en un examen al perverso abuso de poder cuando se dispone de medios para ello.
¿Por qué no firmamos todos un compromiso de integridad y lo clavamos bien a la vista en la puerta de casa?
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 27 de septiembre de 2013
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