sábado, 15 de junio de 2013

Un mundo sin luz.

Es difícil vislumbrar hoy el futuro con optimismo; pero, para algunas personas, el obstáculo reside más en la falta de luz que en las rémoras transitorias de una etapa adversa: simplemente, no ven; no pueden ver. Y no estoy hablando metafóricamente.

Cuando se cumplen 75 años desde la fundación de la ONCE, institución que ha desarrollado una labor inmensa en pro de las personas que padecen alguna restricción funcional, oftalmólogos como Celia Sánchez insisten en la importancia de la higiene visual para prevenir las deficiencias sensoriales derivadas de hábitos nocivos, como el abuso de dispositivos y terminales con pantallas de reducidísimo formato, o el riesgo que supone la utilización de gafas de sol inadecuadas sin control profesional.

Mientras que la investigación, acosada y cercenada por la crisis económica, intenta paliar las secuelas de las patologías visuales, continuamos relegando el papel de la medicina preventiva, mucho más efectiva y de menor coste.

Por desgracia, esas medidas y remedios, hoy un poco más lejanos, llegarán tarde para muchas personas que luchan con denuedo por hacerse un hueco en una sociedad sin apenas espacio para quienes se integran en el colectivo de individuos con diversidad funcional. Cuando las políticas actuales porfían en sostener los pies de barro de un neocapitalismo desbocado y disfrazado de falso liberalismo, se echa de menos un empeño real en favor de quienes, simplemente, luchan por sobrevivir y solo cuentan con su espíritu de superación y sacrificio. Esos, a quienes se niegan ayudas elementales y ven crecer las barreras en un mundo ya de por sí colmado de obstáculos. Esos, para quienes el futuro está muy oscuro. Literal y metafóricamente hablando.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 14 de junio de 20143

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