El libro sale una vez más a la calle para celebrar su fiesta especial. Durante unos días, autores y lectores tenemos ocasión de relacionarnos personalmente; de conectar y compartir vivencias, de dialogar y contarnos esas cosas que no siempre se reflejan en los libros. Es en estas charlas junto a las casetas, donde los autores encontramos una gratificación especial, un premio a nuestra labor solitaria y no siempre grata.
En la Feria del Libro de Zaragoza, Aragón cuenta. Desde el mágico encanto de sus entrañables rincones, a la riqueza de nuestras costumbres, nuestras leyendas, nuestra historia y, siempre, el fascinante duelo entre realidad y ficción. Cuentan, también, las inquietudes de autores y lectores, inmersos en días tormentosos, propicios a la desilusión: nunca es fácil superar el desaliento, pero jamás ha de faltar el rayo de esperanza que, de repente, nos levanta el ánimo. Ese rayo de sol que se cuela entre los sombríos nubarrones para iluminar un tramo agreste del camino. Como cuando las Instituciones reconocen la existencia de los escritores y nos brindan su mano abierta, incluso para que divulguemos y critiquemos sus desaciertos, justo lo que aflora en las Crónicas parlamentarias, libro de reciente presentación, en el que veintidós escritores vertimos nuestra opinión sobre los debates de las Cortes.
Es el libro, y es su fiesta. Un aldabonazo en las conciencias, un estímulo vigoroso para la reflexión. Una respuesta sincera que nos acompaña a otros mundos y a otros paisajes; a otras formas de mirar alrededor. Mientras espero un nuevo y venturoso mensaje, como el que Ana Teresa Vicente me trasmitió desde las Cortes, seguiré soñando con un millón de lectores; con un millón de amigos.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 7 de junio de 2013
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