sábado, 11 de mayo de 2013

Turismo turolense.

En la década de los sesenta, el turismo supuso, además de un impulso capital para la economía española, el más eficaz azadón para derribar el sempiterno muro que nos aislaba de Europa, así como una fuente perenne para la renovación del pensamiento.

Entonces, el turismo se afirmó bajo un modelo de sol y playa que dejaba casi en el olvido a las facetas más culturales y a la riqueza patrimonial; un turismo tan beneficioso para nivelar la balanza de pagos como, en ocasiones, origen de funestas secuelas y malos hábitos. Por fortuna, hoy las cosas han evolucionado hacia una mayor apreciación de los valores históricos y culturales, en los que Teruel destaca dentro de una Comunidad particularmente dotada. No es casualidad que cinco localidades turolenses —Albarracín, Valderrobres, Calaceite, Rubielos de Mora y Puertomingalvo— figuren entre las catorce elegidas por la asociación “Los pueblos más bonitos de España” y se integren en una red para su promoción internacional. Sin embargo, el acervo turolense no se agota, ni mucho menos, en estas poblaciones escogidas. Reinan por aquellos pagos muchos remansos de paz, plenos de belleza natural y encanto, que invitan a un refinado descanso ajeno al estrés; villas donde el reloj duerme apacible mientras el viajero se deleita con primorosos rincones donde el tiempo parece detenerse.

Pienso en esa lista y numerosos nombres se agolpan en mi mente para completarla hasta el infinito. Las Cuencas Mineras, el Maestrazgo, Gúdar; Jiloca, Bajo Martín, Matarraña; Andorra y el Bajo Aragón: todo un mundo pródigo en maravillas por descubrir, en parajes entrañables anclados a la tierra como el viejo carbón que con singular denuedo aún se extrae en las minas que Utrillas y Montalbán cortejan.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 10 de mayo de 2013

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