Recibimos con gozo las noticias de galardones justamente otorgados a quienes pueden hacer gala de una trayectoria vitalista y prolífica, creadores de trabajos de los que, además de su propia satisfacción como autores, se beneficia toda la comunidad intelectual.
Sin embargo, tales reconocimientos se pierden demasiadas veces por vericuetos próximos al amiguismo y a la arbitrariedad, al oportunismo y al tráfico de influencias. Recordaba Julio Llamazares en su libro “Los viajeros de Madrid”, la visita de Heinrich Link a nuestro país en 1797, el cual sorprendíase no poco de que nuestros gobernantes en el siglo XVIII no otorgasen los puestos de mayor responsabilidad a los aspirantes mejor cualificados. Decía Link que “los españoles son más dados a confiar en las apariencias que a apreciar las esencias”. No parece que las cosas hayan cambiado mucho desde entonces, ¿verdad? Ni tampoco, que vayan a cambiar en el futuro, desdeñando uno de los factores positivos de las crisis: su poder de regeneración. De ahí, la desilusión, el desengaño y la espiral pesimista que se adueña de cualquier persona dotada de una mínima sensibilidad, lo que se traduce en un mayor sufrimiento y percepción de la injusticia.
Resulta muy triste y decepcionante permanecer sin hacer nada, perder nuestra oportunidad de cambiar las cosas. No permitamos que nos roben incluso la esperanza. Hoy, más que nunca, es preciso separar el grano de la paja, denunciar la incompetencia y valorar el trabajo bien hecho. No reblar y recibir con entusiasmo la savia purificadora de nuestros compañeros de viaje cuando muestran su valía. Celebrar sus triunfos antes de que en su funeral se cubra el féretro de laureles y glorias que solo se conceden a título póstumo.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 17 de mayo de 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario