La espiral pesimista que hoy nos aflige induce a la huida, a caminar por sendas donde no se escuchen los quejidos de una sociedad desilusionada. Pero abro la ventana de mi estudio y me llega un murmullo alegre de risas y juegos infantiles, una brisa de paz y armonía que amortigua el rugido desesperado de sus mayores.
Los niños españoles se sienten queridos y protegidos; viven en un mundo de fantasía en el que padres y maestros ocultan sus pesares e intentan evitarles cualquier pena. Un entorno familiar solidario procura librarles de privaciones y les proporciona esas zapatillas o esos juguetes que sus progenitores, lacerados por el paro, ya no les pueden comprar. También saben los niños de empatía y se apoyan entre ellos, a la par que la propia sociedad española se muestra generosa y protectora con la infancia: toda la tribu contribuye al bienestar de los más pequeños.
Esto es lo que dice un estudio de la Unicef recientemente divulgado, aunque sus datos provienen de 2010. En el informe, nuestro país se ubica en el tercer puesto de satisfacción infantil, solamente por detrás de Holanda e Islandia. Por desgracia, las cosas han podido cambiar mucho durante los últimos años; la crisis se ha agravado y es muy probable que los niños terminen por sentir sus efectos con toda virulencia, al compás de la debacle generalizada que asola a la nación. Los truenos que retumban sobre las instituciones, la pérdida de valores y las carencias éticas, tal vez ganen la partida a la fuerza de cohesión que demandan colectivos como Cáritas y Cruz Roja. Pero, entre tanto, nuestros niños siguen riendo y jugando felices sin excluir ni discriminar a nadie. Tampoco, por fortuna, a los recién llegados del tercer mundo.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 19 de abril de 2013
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