La salud constituye uno de los pilares fundamentales del hoy tan amenazado estado del bienestar y pocas dudas ofrece la importancia de un tratamiento personalizado para cada paciente, lo que también incluye la acción preventiva para combatir la enfermedad antes de que esta se desarrolle con toda su virulencia.
Aunque los recortes derivados de la crisis económica pudieran revertirse, el creciente coste de la investigación y del número de enfermos a consecuencia del incremento de las expectativas de vida, auguran un futuro en el que la inversión en servicios de salud será difícil de asumir. Tal vez sea el momento para un cambio de directrices en el que la preeminencia tecnológica y el recurso abusivo a los fármacos sea progresivamente sustituido por una mayor disposición al diálogo entre el personal facultativo y los pacientes. Algo se ha avanzado ya en este sentido, incluyendo la mayor dedicación a reducir el sufrimiento y el dolor o la consideración de que es más apreciable la calidad de vida del enfermo que la prolongación a toda costa de una existencia vegetativa; todavía es más relevante la progresiva adopción de terapias adaptadas a las peculiaridades específicas de cada individuo.
Durante décadas, la medicina ha tendido a apoyarse con profusión en los recursos tecnológicos y en los avances científicos, relegando a mínimos el contenido humano de una vocación consagrada al servicio del paciente. Sin embargo, el propio conocimiento científico avala, cada día con mayor énfasis, el papel que la psicología y la percepción de las dolencias por parte del enfermo juegan en el mantenimiento de su salud. No somos números sino personas que convivimos en el penoso trance de la enfermedad.
Publicado en el Periódico de Aragón, el viernes 12 de abril de 2013
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