sábado, 6 de abril de 2013

La edad real y la virtual.

Hay muchos trabajadores que aspiran a finalizar prematuramente su vida laboral; que consideran su trayectoria profesional como un ingrato camino jalonado de sacrificios y penalidades. Pero esta realidad que se impone en muchos oficios y rudas ocupaciones, no existe en modo alguno para quienes desempeñan actividades creativas o vocacionales, con mención especial de los artistas, que acostumbran a alcanzar la plenitud en edades muy avanzadas.

Acuden muchos nombres a mi memoria, como los de Doris Lessing y Vicente Aleixandre, ambos galardonados con el Nobel; Goya y Picasso, Verdi, Goethe o el mismísimo Platón, que empezó a escribir a una edad en la que hoy muchos se han retirado y contemplan su existencia como un mero episodio retrospectivo. Ahora, Carlos Saura, a sus ochenta y un años, nos da una muestra de lo que aún puede lograr su espíritu joven e inquieto, merced al debut en el teatro, una lúcida incursión en un terreno que él considera tan propio de las artes visuales como el cinematográfico. Sorprende la frescura del proyecto, basado en el auto sacramental de Calderón “El gran teatro del mundo”, al que dota de una perspectiva innovadora y de plena actualidad, aunque tal vez no sean tantos los cambios que se han producido en los últimos cuatrocientos años; no, desde luego, respecto a las diferencias sociales y a los rincones oscuros del alma humana.

Dice Saura que cada día es mayor la brecha entre ricos y pobres. También se hace más profundo el foso entre los mimados por las ayudas institucionales y quienes no pueden contar sino con sus propios recursos. ¿Reside ahí la sutil diferencia entre lo real y lo virtual? Al menos, en lo que a la edad se refiere, para un artista solo cuenta su fuerza interior.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 5 de abril de 2013

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