sábado, 23 de marzo de 2013

Más allá de la ESO.

Cuando un alumno finaliza la ESO, debe enfrentarse a importantes decisiones sobre su futuro. Acaso la determinación familiar tienda a dirigirle hacia la universidad, pero la formación superior debiera ser indefectiblemente selectiva, aunque nunca por la extracción socioeconómica del estudiante, sino merced a sus aptitudes intelectuales. Abundan en las aulas buenos candidatos a una formación específica y especializada, los cuales pueden ser canalizados a través de la FP, con tanta más conveniencia si consideramos que un buen profesional conseguirá un excelente empleo y el respeto de la sociedad con mayor facilidad y fundamento que un licenciado cuyos conocimientos no se correspondan con su titulación.

Por desgracia, existen demasiados alumnos desmotivados, sin interés alguno por asimilar todo lo que el docente se esfuerza por introducir en sus mentes inquietas. No existe un buen remedio para estos chicos que no hacen otra cosa que extorsionar el aprendizaje de sus compañeros, pero concederles graciosamente el paso de curso en curso es siempre un grave error, tanto mayor cuanto más elevada sea su distancia respecto del nivel requerido.

El elevadísimo grado de fracaso y abandono escolar en España responde a muchas causas, entre ellas, significativamente, al nivel cultural de los padres. No obstante, existe un grupo especial de alumnos que padecen alguna dificultad de aprendizaje y que requieren apoyo, incluso a pesar de su voluntariosa y cotidiana demostración de esfuerzo. Sería demasiado injusto privarles de una ayuda insoslayable para reducir la brecha social que segrega a los más vulnerables despojándoles de una oportunidad en la que se juegan todo su futuro: la igualdad entre desiguales es la más despótica falacia.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 22 de marzo de 2013.

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