Cuando todo lo que nos rodea naufraga inmerso en un torbellino de codicia y soberbia, donde los intereses más primarios y materiales a ultranza prevalecen sobre la auténtica naturaleza humana, aún podemos encontrar sosiego en todo aquello que nos eleva y distancia de las más rastreras ambiciones. En esa dimensión reina el arte y, entre todas las artes, la música se erige como un excelso espacio y oportunidad de comunicación.
Pero la música, cenicienta en las sucesivas reformas de la enseñanza y olvidada en las instancias y subvenciones oficiales, continúa siendo un reducto poco accesible, donde solo algunas entidades osan entrar. Es el caso del Conservatorio Santa María, en curso de celebrar su cuadragésimo aniversario: cuatro décadas de devoción y entrega permanente a todo el universo musical y una extraordinaria contribución para paliar el inmenso erial que nuestra Comunidad padece en cuanto a la pedagogía musical.
El duro contexto económico afecta con especial gravedad a todas las esferas presuntamente más prescindibles, con especial incidencia en el universo cultural. Tal proceder pudiera parecer lógico y realista, cuando una gran parte de la población está sometida a un régimen de mera subsistencia, pero, incluso asumiendo unas limitaciones ineludibles, queda pendiente el reparto de una tarta de la cual no importa tanto el tamaño como su mejor distribución factible: mientras algunos estratos y sus privilegiados acólitos mantienen sus prebendas, otros se ven privados de lo más elemental, incluso de la esperanza. Resulta de gran agravio el favoritismo que se otorga a manifestaciones mimadas como el cine, en tanto que se ignora reiteradamente a otras expresiones artísticas como el libro o la música.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 22 de febrero de 2013
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