sábado, 26 de enero de 2013

He tenido un sueño.

Martin Luther King creía en la Humanidad; evocaba a menudo un mundo mejor, con el que soñaba cada noche. Decía que construirlo es misión de todos; también afirmaba que algún día no se lamentaría tanto los crímenes de los perversos, como el estremecedor silencio de los bondadosos.

Según un reciente informe de Unicef, los niños españoles son los más felices del planeta, después de los mejicanos. Pero cuando crecen, los infantes de nuestro país pierden tan privilegiado segundo puesto: sin duda, viven en una idílica nube, pero, al despertar de su plácido sueño, han de enfrentarse a una triste realidad, donde la ambición, la codicia y los delirios de poder de unos pocos están condenando a la mayor parte de una generación al paro y a la indigencia. Aunque quizá no sean tan escasos los culpables y beneficiarios de esa ola de corrupción que parece inundar a buena parte de las clases dirigentes, todos, cuando miramos hacia otro lado o nos lavamos las manos como Pilatos, debiéramos asumir nuestra contribución al penoso estado de ese mezquino cosmos, tan manifiestamente mejorable, que entre todos hemos edificado.

Probablemente, de la corrupción tan solo sea visible esa pequeña punta que emerge del iceberg; tampoco moramos en un universo infantil, de buenos y malos, plagado de superhéroes para salvarnos: todos hemos de esforzarnos para que la honradez y la regeneración que ya se pregonan no se queden en mera apariencia, en un disfraz para capear el temporal a la espera de nuevas oportunidades de fácil enriquecimiento. Es preciso sustituir los epicúreos y materialistas objetivos que nos circundan por valores éticos y profesionalidad, para transmitir a las nuevas generaciones un mundo más justo.

Publicado en El Periódico de Aragón, el 25 de enero de 2013

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