sábado, 1 de diciembre de 2012

José Luis Borau

Aragón, estirpe de excepcionales personajes universalmente reconocidos, acaba de perder a otra más de sus insignes figuras. Esta tierra, tantas veces madrasta e incapaz de asumir toda la inmensidad de los grandes creadores, ha forzado la emigración de grandes talentos, obligados a progresar lejos de la cuna que les vio nacer.

De Goya a Cajal, de Gracián a Sender, la nómina de quienes partieron un día en pos de su destino es muy larga. Pero hay dos constantes que se repiten una y otra vez en sus biografías: que la etapa más trascendental de su vida y de su formación transcurrió en Aragón y que nunca perdieron el amor a su tierra. Este es también el caso de Borau, director, productor, guionista, editor y escritor, a quien el éxito le volvió la espalda durante mucho tiempo y que con tenacidad aragonesa fundó su propia productora para que nadie interfiriera en la gestión de sus películas. Así llegaron “Furtivos”, “Tata mía”, “La sabina” o “Leo”, precediendo a la deliciosa serie “Celia” para la televisión. También llegaron los reconocimientos, los premios y galardones; la presidencia de la SGAE y de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas y el que quizá fuera su más preciado jalón: el sillón B, que Fernando Fernán Gómez había dejado vacante en la Real Academia Española.

Sagaz, sensible, emprendedor entusiasta, hemos perdido uno de esos excelsos luceros que iluminan el camino de quienes aspiran a emularlos. Muchos lo intentarán y alguno lo conseguirá. Si nace y crece en esta tierra, sería deseable que pudiera quedarse en ella o retornar algún día. Que, al menos, le ayudemos a brillar con mucha intensidad y que nunca se pueda quejar de no haber sido profeta en su tierra.

Artículo publicado en El Periódico de Aragón, el 30 de noviembre de 2012

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