Las organizaciones ecologistas, como WWF o Greenpeace, han mostrado su frustración por los débiles acuerdos de Doha, que apenas prorrogan la vida del ya de por sí exiguo protocolo de Kioto.
Resulta ciertamente penoso que algo tan trascendental como la propia supervivencia del Planeta sea objeto de mezquinas negociaciones, que si algo ponen de manifiesto es su desprecio hacia los intereses universales. España, al menos, en boca de Arias Cañete, ha encarnado en Doha un digno papel para desbloquear un encuentro que parecía destinado al fracaso más bochornoso, ante la intransigencia de países como Estados Unidos, Rusia, Canadá, Japón o Polonia, muy reacios a refrendar los compromisos de Kioto. Son oídos insensibles a los aldabonazos de la madre naturaleza y un ejemplo nefasto para las economías emergentes, tanto tiempo privadas de los supuestos beneficios de la contaminante civilización desarrollada, protagonista principal en la emisión de gases nocivos a la atmósfera que todos habremos de respirar mañana.
Por más que muchas voces pretendan aún negar la evidencia de un calentamiento global del que no se puede excluir la contribución antropogénica, la Tierra parece haber emprendido un viaje sin retorno, en el que, según las previsiones más pesimistas, quizás sea ya demasiado tarde para evitar la catástrofe. Desde un prisma tan deprimente, ni Kioto ni Doha constituirían algo más que un brindis al sol puramente testimonial. Sin embargo, estamos obligados a intentarlo una y otra vez, siquiera porque todavía es posible la esperanza. Podríamos empezar por favorecer el análisis y la divulgación, mediante voces informadas serenas e imparciales, de las amenazas que se ciernen sobre nuestro querido y exclusivo Planeta azul.
Publicado en el Periódico de Aragón, el 14 de diciembre de 2012
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