Recientemente asistí a una representación por parte del grupo Juglarías basada en el clásico de Dickens, donde el avaro Ebenezer Scrooge se aviene a modificar su mezquino comportamiento gracias a la Navidad.
Y soñé que, en estas fechas entrañables, tal vez sea posible un sustancial cambio de actitud en ciertos políticos necesitados de regeneración ética, puesto que ellos son el espejo en el que se mira gran parte de la ciudadanía; tal vez mirando el Belén adviertan que el hábito nunca hizo al monje ni el respeto vive de fastos, apariencias y fácil demagogia; de prebendas y privilegios. Pero sería fatuo atribuir todos nuestros males a la denostada clase política, lo que además de constituir una irracional generalización, ignora el mal proceder de gran parte de la sociedad, inmersa en una delirante carrera tras la riqueza y el poder. Quizá también muchos hayan descubierto en esta Navidad que la felicidad no reside en la ambición, ni en la codicia; y tal vez alguno más concluya por fin que el abuso de la fuerza y el recurso a la coacción rara vez conducen a la solución de los conflictos.
Padecemos una crisis erigida a zarpazos de especulación y apoyada en una profesionalidad mal entendida, tan mal entendida que ridiculiza el sentido de la honradez y premia los laureles que beben del engaño y la estafa. Los banqueros tramposos solo han sido la punta sucia de un iceberg que esconde sus vergüenzas en lo más profundo de un océano enfermo por el que navega arrogante ese poderoso caballero llamado don dinero. Si la Navidad no hace el milagro, solo cabe esperarlo del buen juicio de quienes todavía pueden dar ejemplo y exigirlo de nuestros gobernantes; mientras tanto, todos haríamos bien en mirar un poco dentro de nosotros mismos.
Publicado en El Periódico de Aragón, el 28 de diciembre de 2012
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