sábado, 17 de noviembre de 2012

Los artistas no sufren la crisis.

Quienes pretenden hacer del trabajo creativo su medio de vida, apenas padecen los efectos de las crisis económicas: poco tienen que perder aquellos que perciben por su trabajo tan nimio rendimiento que puede rayar en lo ridículo, tribulación habitual en creadores y artistas, salvo ciertas excepciones muchas veces derivadas de equívocas subvenciones a las que algunos se rinden cautivos al precio de traicionar su vocación.

El universo del artista es solitario, individual, poco inclinado a las relaciones gregarias y al asociacionismo, incluso en defensa de sus legítimos intereses y al margen de las denostadas sociedades de gestión. No resulta extraño, pues, el escepticismo reinante en torno a una futura ley de propiedad intelectual, cuando se cumple el 25 aniversario de la todavía vigente: en la práctica, no existen vías eficaces en defensa de los derechos de autor y aún menos en Internet, donde plagio y usurpación de ideas, conceptos, textos e imágenes son lances masivos y cotidianos, además de inevitables.

El artista es muy afortunado en cuanto a la gratificación interior que obtiene por su labor, pero está obligado a buscarse medios suplementarios de subsistencia, sobre todo si anhela conservar un pensamiento independiente. El universo intelectual es de por sí intangible, inmaterial; apenas compatible con esa especulación tan preciada en la órbita del neocapitalismo en boga: todo lo más que pueden soñar los autores es con el reconocimiento de la crítica y la devoción del público.

El artista sobrevive inmerso en crisis permanentes: de valores, de proyectos, de ilusiones, de futuro; crisis con mil y una facetas, salvo la económica, a la que difícilmente podrá nunca aspirar.

Publicado en El Periódico de Aragón el 16 de noviembre de 2012

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