sábado, 17 de marzo de 2012

Aragón, quemado y sediento.


Nuestra tierra está seca: sus ríos apenas llevan agua y los embalses carecen de reserva bastante para atender la carencia estival, cuando el cielo se muestra remiso a aliviar las privaciones de unos campos ávidos de humedad. Además, las cumbres pirenaicas muestran una imagen inusual, con la roca desnuda, menesterosa de esa nieve que otros inviernos las adorna. Y, por si fuera poco, los primeros incendios forestales presagian un verano plagado de estragos.

       Agricultores y ganaderos son los primeros en pagar la eterna deuda del hombre con el planeta que nos cobija y cuyos imperativos relegamos con tanta facilidad. Son los hombres del campo quienes acusan con mayor virulencia los rigores del mundo rural; son ellos los que antaño se vieron forzados a dejar sus pueblos tras una vida más cómoda en las grandes urbes. Y son ellos quienes ahora han tenido que abandonar sus hogares y sus enseres más preciados, empujados por las llamas del primer incendio grave del año. Esta vez, ha habido suerte y los vecinos del valle de Castanesa han podido retornar a sus casas, todavía intactas, gracias a la rápida y eficaz actuación de los servicios de extinción. Han podido recuperar sus vidas, pero en el monte queda abierta una profunda cicatriz, una más, que tardará mucho tiempo en desaparecer.
       En Aragón, existen muchos más pueblos, muchas más familias que miran hoy al cielo en busca de nubes que puedan prolongar un poco más su ilusión, que puedan mantener, siquiera un poco más, su anhelo de perdurar sobre el suelo que les vio nacer o que les acogió. Nunca nada fue fácil para quienes han decidido permanecer en el campo. Por eso, todos tenemos la obligación de proporcionarles algún apoyo que les ayude a subsistir en el medio rural. Tal vez no podamos hacer llover, pero, al menos, sí podemos hacer otras muchas cosas que hagan más llevaderas sus existencias.

Publicado en El Periódico de Aragón, el 16 de marzo de 2012

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