Nuestra tierra está seca: sus ríos apenas llevan agua y los embalses carecen de reserva bastante para atender la carencia estival, cuando el cielo se muestra remiso a aliviar las privaciones de unos campos ávidos de humedad. Además, las cumbres pirenaicas muestran una imagen inusual, con la roca desnuda, menesterosa de esa nieve que otros inviernos las adorna. Y, por si fuera poco, los primeros incendios forestales presagian un verano plagado de estragos.
Agricultores
y ganaderos son los primeros en pagar la eterna deuda del hombre con el planeta
que nos cobija y cuyos imperativos relegamos con tanta facilidad. Son los
hombres del campo quienes acusan con mayor virulencia los rigores del mundo
rural; son ellos los que antaño se vieron forzados a dejar sus pueblos tras una
vida más cómoda en las grandes urbes. Y son ellos quienes ahora han tenido que
abandonar sus hogares y sus enseres más preciados, empujados por las llamas del
primer incendio grave del año. Esta vez, ha habido suerte y los vecinos del valle
de Castanesa han podido retornar a sus casas, todavía intactas, gracias a la rápida
y eficaz actuación de los servicios de extinción. Han podido recuperar sus
vidas, pero en el monte queda abierta una profunda cicatriz, una más, que
tardará mucho tiempo en desaparecer.
En Aragón,
existen muchos más pueblos, muchas más familias que miran hoy al cielo en busca
de nubes que puedan prolongar un poco más su ilusión, que puedan mantener, siquiera
un poco más, su anhelo de perdurar sobre el suelo que les vio nacer o que les acogió.
Nunca nada fue fácil para quienes han decidido permanecer en el campo. Por eso,
todos tenemos la obligación de proporcionarles algún apoyo que les ayude a
subsistir en el medio rural. Tal vez no podamos hacer llover, pero, al menos,
sí podemos hacer otras muchas cosas que hagan más llevaderas sus existencias.
Publicado en El Periódico de Aragón, el 16 de marzo de 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario